sábado, 3 de marzo de 2012


La filosofía como arte de vivir

La filosofía moral desde la Antigüedad hasta nuestros días ha buscado la comprensión del hombre como un ser activo. Aristóteles distinguió dos clases de actividad humana: la praxis, consistente en hacerse a sí mismo -lo que los romanos tradujeron como agere- y la poiesis -traducida al latín como facere- que consiste en hacer algo y dejar un remanente. Pero sería en la Modernidad cuando este punto de vista clásico alcanzaría su más enérgica expresión: el ser humano tiene una perpetua vocación transformadora, de modo que vivir es estarse haciendo y estar haciendo algo.

El comportamiento humano se convierte en un asunto problemático que inquieta y obliga al hombre a meditar, en busca de pautas o “valores” que le permitan vivir de la mejor manera y “cuidar de sí”, de su familia, de la sociedad y del ecosistema. Este es otro de los rasgos más propios del ser humano, el cuidado de sí, que para filósofos como Séneca, Savater y Foucault viene a ser uno de los imperativos éticos fundamentales.

El cambio de rumbo ético contemporáneo tanto en la teoría como en las prácticas sociales, ha sido producto de la crítica a las escuelas modernas hegemónicas, crítica a los metarelatos de la modernidad (razón, religión, conciencia, metafísica), a la aparición de nuevos conflictos como el problema ambiental, la biotecnología, mass media y la tecno-ciencia, implicando la reevaluación o renovación de los fundamentos para la acción práctica humana, donde se reclama la convivencia pacífica, el respeto por el otro, el reconocimiento de la pluralidad y la diferencia.

En últimas, la ética hoy se encuentra en medio del debate del relativismo cultural, teniendo que responder a los embates del escepticismo como del fundamentalismo. Así, la búsqueda de la felicidad y el bien de los hombres, parece diluirse entre los universalismos y los particularismos.