La filosofía como arte de vivir
La filosofía moral desde la Antigüedad hasta
nuestros días ha buscado la comprensión del hombre como un ser activo.
Aristóteles distinguió dos clases de actividad humana: la praxis, consistente en hacerse a sí mismo -lo que los romanos
tradujeron como agere- y la poiesis -traducida al latín como facere- que consiste en hacer algo y
dejar un remanente. Pero sería en la Modernidad cuando este punto de vista clásico
alcanzaría su más enérgica expresión: el ser humano tiene una perpetua vocación
transformadora, de modo que vivir es estarse haciendo y estar haciendo algo.
El comportamiento humano se convierte
en un asunto problemático que inquieta y obliga al hombre a meditar, en busca
de pautas o “valores” que le permitan vivir de la mejor manera y “cuidar de
sí”, de su familia, de la sociedad y del ecosistema. Este es otro de los rasgos
más propios del ser humano, el cuidado de
sí, que para filósofos como Séneca, Savater y Foucault viene a ser uno de
los imperativos éticos fundamentales.
El cambio de rumbo ético contemporáneo
tanto en la teoría como en las prácticas sociales, ha sido producto de la
crítica a las escuelas modernas hegemónicas, crítica a los metarelatos de la
modernidad (razón, religión, conciencia, metafísica), a la aparición de nuevos
conflictos como el problema ambiental, la biotecnología, mass media y la tecno-ciencia, implicando la reevaluación o
renovación de los fundamentos para la acción práctica humana, donde se reclama
la convivencia pacífica, el respeto por el otro, el reconocimiento de la
pluralidad y la diferencia.
En últimas, la ética hoy se encuentra
en medio del debate del relativismo cultural, teniendo que responder a los
embates del escepticismo como del fundamentalismo. Así, la búsqueda de la felicidad y el bien de los hombres,
parece diluirse entre los universalismos y los particularismos.
Este documento nos permite conocer más afondo acerca de la filosofía como arte de vivir en nuestras diferentes situaciones cotidianas.
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